Ninguna agresión sin prisión

Violencia a médicos

Los profesionales de la salud llevan sufriendo, durante décadas, una  evolución peyorativa y execrable  en su quehacer diario. Esta ha culminado con la agresión frecuente a los mismos. De una relación de reconocimiento por su trabajo y confianza absoluta  del paciente en sus diagnósticos y decisiones, se pasó a principios de los años 80 en un aluvión de demandas por responsabilidad profesional , ante la posibilidad de obtener una indemnización por algún error en la praxis, lo que derivó en el ejercicio de una medicina defensiva y en una pérdida total de confianza paciente/profesional sanitario.

Actualmente la situación es aún más reprobable. Las agresiones a los profesionales están aflorando asiduamente en los centros de salud y hospitalario.

Las agresiones a personal sanitario en Andalucía aumentan. Según cifras oficiales de los últimos cinco años lo hacen especialmente las físicas. Crecieron un 38,35% en 2017. Por ello los colegios profesionales, sindicatos, y asociaciones sanitarias piden medidas a la Junta de Andalucía para prevenir la situación.

Tendríamos que definir, qué se considera agresión a un profesional. La Organización Mundial de la Salud , define “la violencia en el lugar del trabajo como todos aquellos incidentes en los que la persona es objeto de malos tratos, amenazas o ataques en circunstancias relacionadas con su trabajo, (..) con la implicación de que se amenaza explícita o implícitamente su seguridad, su bienestar y su salud” y esta puede ser la más significativa porque pertenece a este ámbito más específicamente.

Nos consta que la administración sanitaria, colegios profesionales , asociaciones sanitarias, sindicatos y demás instituciones ayudan y protegen al agredido. Ponen a su disposición formularios de denuncias para evitar acudir a comisarías,  teléfono de asistencia durante las 24 horas los 365 días del año, asistencia psicológica, etc.

Pero todo ello una vez que se produce el ataque habría que acudir al origen, a la génesis de lo que motiva este asalto.

Está publicado que la agresión es menos frecuente cuando acudimos a nuestro médico habitual . También se conoce que estas embestidas son menores en los sistemas en los que el paciente ocupa el centro de la atención.  Pero en realidad se desconocen las verdaderas causas del incremento de los ataques a personal sanitario. No obstante, de las distintas publicaciones consultadas, puede deducirse que los principales motivos de agresión  son:

  • “Demoras” en la ATENCIÓN “URGENTE” tanto en hospital como en atención primaria.
  • Situaciones de angustia por parte del agresor ante una falta de “información” sobre la situación de un familiar grave (urgencias de hospital).
  • Situaciones en las que el agresor ve frustradas sus esperanzas de alcanzar un beneficio directo o indirecto (recetas, bajas, etc.) y en las que entiende que una negativa por parte del médico es un atentado a sus “derechos consolidados”.
  • Retraso en los plazos para pruebas complementarias.
  • Desconfianza ante la actuación de los médicos.
  • Carga en la asistencia sanitaria

Ante una agresión sufrida, el profesional sanitario o el celador o el personal administrativo, que también pueden sufrirlas, deben sentirse respaldados. Deben saber que el agresor va a cumplir la pena que le sea impuesta por los Juzgados y Tribunales. No sirve de nada imponer una sanción penal que no lleve aparejada su exacto cumplimiento legal.  Eso desmotiva al agredido (sale muy barato agredir)  y motiva al agresor.

Ante las agresiones que pueden calificarse de delitos leves (las antiguas faltas) como las amenazas o coacciones leves, falta de respeto trato o desconsideración, etc pasan a ser subtipos atenuados de los respectivos delitos y sólo será perseguibles a instancia de parte, es decir previa denuncia.

Estos tipos delictivos son penados con multas. Generalmente se cumplen porque son ingresos a las arcas del Estado. Ya se encarga éste del cumplimiento exacto de la multa, con apremios, embargos y otras medidas en el patrimonio del condenado.

Pero cuando el profesional sanitario sufre una agresión de mayor reproche penal (delitos de lesiones, atentado a su persona, etc) esas actuaciones llevan aparejadas penas de privativas de libertad desde meses hasta años.

La mayoría de los ciudadanos están en la falsa creencia de entender que por ser el primer delito que comete y no llevar aparejadas una pena superior a dos años privativa de libertad, no se ingresa en prisión. Y eso es un craso error.

El Juez o Tribunal, a tenor de lo dispuesto en la Ley  Orgánica 10/1995  de 23 de noviembre del Código Penal , en lo previsto en el  artículo 80 y siguientes (sobre la suspensión de las penas) y artículo 89 sobre la sustitución de las penas, previo informe del Ministerio Fiscal, podrá acordar la suspensión o sustitución de las penas privativas de libertad. Pero si no lo acuerda, el reo cumple la pena privativa de libertad aunque sea de meses.

Recordemos un asunto penal muy mediático ( caso Malaya ). A uno de los acusados, sin antecedentes penales, le fue impuesta una pena privativa de libertad de un año y seis meses e ingresó en prisión.

A pesar de que tenía el derecho al beneficio de la suspensión de la condena, para el Tribunal “la gravedad de tal conducta resulta incuestionable y lo que se pretende conseguir es que la pena privativa de libertad cumpla su función de servir de freno a posibles conductas futuras”

Los Juzgados y Tribunales en asuntos de agresiones a profesionales sanitarios, o de cualquier otro ámbito, debieran no acordar la suspensión de la pena. Ordenar el ingreso en prisión, aunque sea por poco tiempo, analizando caso por caso. Así el agresor se pensará muy mucho su comportamiento antes  de agredir. En definitiva, que no haya una agresión a profesionales sanitarios y demás agentes que trabajan en la sanidad, sin prisión.

Eduardo Javier Martín Serrano

Eduardo Martín Serrano

Abogado

Asociación Andaluza Derecho Sanitario

El paciente en el centro de la atención. ¿De verdad?

Paciente perdido en el sistema

Aún nos queda mucho que aprender de la empresa

Nuestra vida se mueve habitualmente entre eslóganes. Nos sitúan, al menos temporalmente, como personas únicas en el centro de un microuniverso. Las empresas sitúan al cliente en el centro. Queremos para nuestros hijos colegios centrados en la persona. Damos por supuesto que la formación académica será buena. Viajamos con compañías que nos personalizan nuestra tarjeta . Nos hacen sentir en el centro con programas de puntos que nunca canjeamos. Cuando leemos el periódico online nos aparecen anuncios con ofertas de viajes.  Curiosamente centradas en lugares que intentamos ir hace meses pero que finalmente desistimos por no encontrar ofertas suculentas.

En definitiva somos presa del customer centric. Este anglicismo propone tratar a cada cliente como único y de forma personalizada. Previamente se ha obtenido el mayor conocimiento posible sobre sus preferencias, gustos, medidas antropométricas, etc. Por supuesto nosotros mismos se lo hemos facilitado a través de la red. En este tipo de abducción ya sabemos que los genios son los señores de Apple. Nos introducen en una esclavitud tecnológica difícil de abandonar.

La medicina perdió el centro

Lógicamente la medicina no debía haber escapado nunca de este panorama antropocéntrico pero sucedió.  Ya vimos en un post previo que precisamente los pacientes que son seguidos por su médico habitual tienen menos mortalidad. Una de las razones es que se establece mejor relación con el paciente. Se tiene más información y es más fácil una atención centrada en el enfermo.

Ahora todos los sistemas públicos y privados presumen de poner al paciente en el centro de la atención. Se habla mucho de la atención centrada en el paciente pero a veces con más ruido que nueces.

Recientemente, al preparar una charla a la que me invitaron en la Universidad de Málaga, comprobé algo que intuía. Es difícil encontrar una definición completa de este manido término (patient centered care en inglés).

Algunos lo simplifican tanto que creen hablar de atención centrada en el paciente por haber mejorado la hostelería de su centro sanitario. Otros lo confunden con aumentar la satisfacción, que no la experiencia. Retroalimentan así el consumismo sanitario al que la población en general nos hemos suscrito. Muchos clínicos piensan que esa asignatura se la saben pero que no la ponen en práctica por falta de tiempo (no les falta razón… en lo de la falta de tiempo claro). Algunos gestores, cortos de miras y poco ilustrados, creen que es una forma de encarecer la asistencia (para facilitarles el trabajo de búsqueda les dejo una referencia que avala la reducción en la frecuentación entre otras cosas). Los que menos realmente han realizado una catarsis en su cultura organizativa que es de lo que se trata. En general el panorama me recuerda al magnífico cuadro de El Bosco que conocemos como El jardín de las delicias. En él se mezclan alegorías fácilmente interpretables con escenas de origen incierto y a las que cada uno de los visitantes les atribuye un significado diferente.

Lo que no se persigue no se consigue

Me sorprendió que la Organización Mundial de la Salud (OMS) no disponga de una definición de este concepto. Sin embrago sí lo hayan desarrollado otros organismos. Probablemente el axioma más aceptado internacionalmente sea el del Instituto Picker. Éste establece ocho puntos para colocar al paciente en el centro del sistema: respeto por las preferencias del paciente, coordinación en los cuidados, información y educación, confort físico, ayuda emocional, involucrar a familiares y amigos, continuidad al alta y buen acceso al sistema sanitario.

Cualquier clínico y paciente estará de acuerdo en la importancia de todos estos puntos. Personalmente creo que es una definición incompleta. En mi modesta  opinión hay ausencias notorias. Por ejemplo no se cita la seguridad del paciente en una sociedad en la que los errores médicos son la tercera causa de muerte y en la que la probabilidad de fallecer en un ingreso hospitalario de fin de semana es superior a cualquier día laboral. No se enumera la mejora en los resultados que nos lleven a disminuir la variabilidad clínica . Ésta conduce a tener seis veces más probabilidad de ser ingresado por insuficiencia cardíaca dependiendo de la región en la que enfermes. Tampoco hace referencia al respeto por los profesionales sanitarios que consiga frenar la escalada infame de agresiones físicas y verbales a las que algunos compañeros se ven sometidos. No he leído en la definición nada sobre la imperiosa necesidad de medicina que aporte valor y que destierre el sobrediagnóstico en un sistema sanitario en el que el 75% de las coronariografías que realizamos podrían ser evitadas según el estudio EVINCI.

De nuevo el cuadro de El Bosco se me aparece y veo muchas figuras en la pintura de significado incierto.

Existen modelos donde fijarnos

Es inteligente aprender de los que ya lo han hecho. Un ejemplo claro de organización comprometida con este sistema de atención es la Cleveland Clinic.

Hace una década quisieron dejar de ser pioneros sólo en la calidad técnica de la asistencia. Querían convertirse en abanderados a la hora de mejorar la experiencia del paciente. Es recogido magníficamente en un artículo de la revista Harvard Bussiness Review. Tras concienciar a todos los profesionales e invertir tiempo y dinero en su formación mejoraron la capacidad de escuchar, comunicar y empatizar con el paciente. Consiguieron  que cada una de las personas que interactuaban con el enfermo, independientemente de la categoría profesional, se convirtiera en un cuidador del mismo y no en un mero trabajador sanitario.

En España el Instituto para la Experiencia del Paciente es una iniciativa que ayuda a realinear las organizaciones sanitarias colocando a éste en el lugar del que nunca debió ser desubicado. Recientemente tenemos un ejemplo en el Hospital de Guadarrama  quien ha recibido la certificación “patient first” que acredita su preocupación por poner al paciente en el núcleo.

No vale con cambiar sólo la preposición

Llevamos años diseñando sistemas sanitarios para los pacientes pero sin los pacientes. No se trata de un mero juego de preposiciones donde deberíamos cambiar el “sin” por el “con”. Se trata de un cambio cultural para integrar a los enfermos en las decisiones personales, por supuesto, y en las estratégicas de  nuestro sistema sanitario.

De cualquier forma si fuésemos capaces de integrar al paciente también deberíamos plantearnos ampliar el alcance de la definición. Seguramente la comisión diseñada para acordar ésta omitió ciertos conceptos por asumir que está implícito en una asistencia de calidad. Desde el principio de los tiempos el paciente siempre fue lo más importante para el médico y miren como nos encontramos ahora intentando de nuevo buscar la ubicación geométrica del mismo.

Al final va a llevar razón Sir Alec Issigonis, ingeniero diseñador del mítico coche Mini, cuando dijo que un dromedario es un caballo diseñado por un comisión.

Si quiere enfermar menos sea optimista

“…Yo soy fundamentalmente optimista. No puedo decir si soy así por naturaleza, o por crianza. Parte de ser optimista es mantener la cabeza apuntando hacia el sol, y tener los pies caminando hacia delante. Hubo muchos momentos oscuros cuando mi fe en la humanidad fue puesta a prueba, pero yo no podía entregarme a la desesperación. De esa manera enfrenté la derrota a la muerte…”

Estas palabras son de Madiba, sobrenombre otorgado a Nelson Mandela en señal de respeto por el consejo de ancianos de su tribu también nombrada de la misma manera.

Este año se cumple el centenario de nacimiento de uno de los hombres más importantes en la historia de África y una figura indiscutible para la humanidad. Numerosas son las virtudes que lo han convertido en una persona admirable, muchas de ellas perfectamente reflejadas por Morgan Freeman en la película Invictus. Seguro que entre todas ellas generaron el equilibrio psicológico tan necesario, además de fortaleza física y porque no decirlo algo de suerte, para llegar a ser un venerable nonagenario.

Sufrió las consecuencias de un régimen perverso que lo mantuvo en prisión durante 27 años. A pesar de ello nunca perdió el optimismo y siempre estuvo seguro que sería excarcelado y triunfaría la justicia y la verdad. Él mismo lo relata en su libro Un largo camino hacia la libertad.

¿Pero realmente el optimismo influye en nuestra salud o es la salud la que influye en nuestro estado de ánimo? Si solo ha contestado afirmativamente a la segunda opción tiene una nueva oportunidad para releer la pregunta y responder de nuevo.

Si no estamos familiarizados con este tipo de estudios podemos pensar que son muy subjetivos ya que el optimismo no se puede cuantificar, pero no sólo sí es posible realizar estas mediciones sino que en el análisis de resultados mediante métodos estadísticos se consigue eliminar el ruido que pueden originar otras variables confundentes.

Es indudable que las personas que gozan de buena salud física tienen más probabilidad de disfrutar de un ánimo positivo, aunque no siempre es así, y está demostrado que los sujetos optimistas gozan de mejor salud física. En estudios recientes los sujetos más optimistas disminuían la probabilidad de sufrir fallo cardiaco en un 48%. El ser positivo no sólo preserva el corazón sino también el cerebro (lo cual parece bastante razonable) y ha quedado demostrado en otro trabajo que el optimismo juega un papel protector muy importante frente a sufrir un ictus en los pacientes mayores.

Cualquiera de nosotros sin conocer los trabajos previamente expuestos, sólo mediante el sentido común (el cual abunda en los lectores de este blog), hubiera sido capaz de imaginar que a más optimismo menos riesgo de enfermar, aunque sólo sea por la capacidad que se tiene de gestionar el estrés cuando uno está empapado de energía positiva. Hasta aquí bien, pero si nos protegiera frente a la muerte eso ya sería la repanocha.

En un trabajo publicado recientemente analizaron la asociación del optimismo con causas específicas de muerte, “sólo” en 70.000 sujetos y encontraron una fuerte relación estadísticas entre un elevado nivel de positivismo y una disminución del riesgo de muerte por cáncer, fallo cardiaco, ictus, enfermedades respiratorias e infecciones. Como curiosidad a este estudio añadiré que todos los sujetos eran mujeres.

A los que tenemos la suerte de contar con una esposa excepcional (como es mi caso) no nos sorprenden los resultados del estudio anterior, pero para corroborar aún más esta información le sugiero un último trabajo donde se ha demostrado que tener una esposa optimista mejora la situación física y disminuye el riesgo de enfermedades crónicas en el marido.

Por su salud sea positivo y si tiene opción de tener una mujer optimista cerca ganará mucho.